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La “Resurrección” según la Ciencia del Yoga

¿Cómo logró Cristo Resucitar su Cuerpo Crucificado?

La ciencia moderna no tiene aun una respuesta a esta pregunta, pero con el advenimiento de la era atómica se ha ensanchado prodigiosamente el alcance de la mente humana.

Las Escrituras Védicas declaran que el mundo físico opera bajo la ley de Maya, el principio de relatividad y de dualidad.

Todas las acciones naturales fundamentales evidencian su origen máyico. Por ejemplo: el átomo es- como la tierra misma- un magneto con sus polos  negativo y positivo.

Todo el mundo fenoménico está bajo el dominio inexorable de la polaridad; ninguna ley física o química se halla libre de principios opuestos o contrarios.

La ciencia no puede por lo tanto formular leyes que escapen al campo de Maya.

Sin embargo, dominar la Maya fue la tarea asignada a la raza humana. Elevarse sobre la dualidad de la Creación y percibir la unidad del Creador, es la meta.

 

La ley de la polaridad, la ley de Maya

Aquellos que se aferran a la ilusión cósmica deben aceptar la ley esencial de polaridad: flujo y reflujo, elevación y caída, día y noche, placer y dolor, bien y mal, nacimiento y muerte.

Este sistema asume cierta angustiosa monotonía después de que el hombre ha pasado a través de algunos millares de nacimientos humanos. Comienza entonces a dirigir su mirada más allá de las compulsiones de Maya.

Descubrir el velo de Maya es acceder al secreto de la creación.  Y el secreto es la Luz.

 

Los Secretos del Cosmos

De los misterios del cosmos, el más extraordinario es la luz.

A diferencia de las ondas sonoras, no necesita del aire u otro medio material para su transmisión. Las ondas de luz circulan libremente por el vacío  del espacio interestelar.

En la gigantesca concepción de Einstein, la velocidad de la luz domina enteramente la Teoría de la Relatividad. Él demuestra matemáticamente que la velocidad de la luz es la única constante en un universo en continuo flujo. Todos los patrones de tiempo y espacio dependen de la velocidad de la luz: la única magnitud absoluta. Así pues, el tiempo y el espacio son factores relativos y finitos. Al unirse al espacio como una relatividad dimensional, el tiempo ha sido reducido a su  verdadera naturaleza: la esencia misma de la ambigüedad.

Einstein desvaneció del cosmos toda realidad fija, excepto la de la luz.

Hoy en día, grandes hombres de ciencia afirman que el átomo no es materia sino energía. Y la energía atómica es descripta como “sustancia mental”.

La verdadera comprensión de que la ciencia física opera con un mundo de sombras es uno de los adelantos más significativos. La sombra de mi codo reposa sobre la sombra de la mesa…todo esto es simbólico y permanece como un símbolo para los físicos. En términos crudos, la sustancia del mundo es sustancia mental.

En su famosa ecuación que señala la equivalencia entre masa y energía, Einstein demostró que la energía de cualquier partícula de materia es igual a su masa o peso, multiplicado por el cuadrado de la velocidad de  la Luz.

La liberación de la energía atómica se ha conseguido por medio de la aniquilación de las partículas de materia.

La velocidad de la luz es un standard matemático porque ningún cuerpo material cuya masa aumenta con su velocidad puede llegar a alcanzar la velocidad de la luz.

Esta concepción nos conduce a la ley de los milagros.

 

Los Maestros y Sus Cuerpos

Los Maestros que pueden materializar o desmaterializar sus cuerpos o cualquier otro objeto  y moverse con la velocidad de  la luz empleando los rayos de la luz creadora para volver instantáneamente visible cualquier manifestación física, han llenado las condiciones necesarias: su masa es infinita.

La conciencia de un yogui perfecto permanece identificada no con un cuerpo finito sino con la estructura universal. La gravedad ya sea como la “fuerza” de Newton o como la “inercia” de Einstein, no tiene poder para obligar a un Maestro  a exhibir la propiedad de peso que constituye la cualidad gravitacional distintiva de todos los objetos materiales.

Aquel que se conoce a sí mismo como Espíritu Omnipresente, ya no está sujeto a las rígidas leyes que limitan su cuerpo en el tiempo y en el espacio.

Las opresoras señales de “no pasar” han cedido ante la autoridad del “Yo soy Él”.

 

Paramahansa Yogananda

Autobiografía de un Yogui

 

 

 




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